domingo, 25 de febrero de 2007

El castigo de Tyelpëosto


Cientos de gaviotas aleteaban nerviosas alrededor del barco. Miró con cierto recelo la costa que por fin vislumbraba hacia el oeste, donde aparecía una delgada línea verde cortando el hasta ahora eterno azul del horizonte.

Estremecida por cierta sensación de presagio, acentuada quizás por el intenso viento que azotaba la costa, se abrazó a sí misma, intentando ajustar al mismo tiempo la capa negra que le servía de abrigo.

¿Cuántos días llevaban ya navegando, con las velas negras extendidas, intentando ganar tiempo al tiempo, y luchando contra el empuje del mar? Los días se habían fundido unos con otros, y el tiempo parecía haberse convertido en algo eterno y a la vez difuso en su mente.

Se volvió de pronto, y con paso rápido se dirigió a su camarote, buscando refugio frente a aquél viento salado. Cuando entró, el viento cesó de pronto, y agradeció la calma repentina, intensa en su sensación completamente opuesta.

Recordaba haber llegado a Turelondë. La ciudad, con sus comerciantes y su ajetreo casi cotidiano, la había abrumado. Había dejado los preparativos del viaje en manos de Inglin y Helërauko, y durante los días que permanecieron allí se había encerrado en su camarote, sin deseos de ver a nadie, esperando... Quizás fue entonces cuando empezó a perder la noción del tiempo.

Su encierro terminó un atardecer. Un atardecer como cualquier otro, cuando el sol enviaba sus últimos rayos, y las aguas de Turelondë parecían volverse rojas como la sangre. Pero en ese último atardecer, La Segunda Compañía de los Señores de Nurn entró en la ciudad. Y mientras hombres y orcos, supervivientes de la aciaga batalla de Nanda Girith, eran embarcados, conversó largo y tendido con los capitanes de la Compañía. Las noticias que portaban eran desde luego poco alentadoras. La Alianza había conseguido derribar la resistencia de Nurn, y no sólo eso, sino que además todos sus capitanes habían sido heridos de gravedad. Un gran deseo de venganza se apoderó entonces de ella. Su mirada se volvió un fuego intenso, mientras despedía a Seregruin en cubierta. Un fuego de odio que no iba a ser contenido.

Venganza. Los gritos de las gaviotas se colaban por las rendijas de su camarote, y parecían gritos de dolor. Un repentino impulso la llevó a coger una silla y estrellarla con furia contra la pared, donde estalló haciéndose añicos.

Después, la voz de Helërauko llegó hasta ella. Habían llegado a Hyarmelond.

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- Mi Señora – dijo una voz a sus espaldas.

Delissë volvió el rostro y observó al hombre que permanecía apostado en el umbral de su camarote, pero no contestó. El hombre carraspeó levemente.

- El Señor Helërauko os manda decir que el Sîrfalle pronto dejará de ser navegable, y que ha llegado el momento de desembarcar.

Volvió a mirar nuevamente por el ojo de buey del camarote.

- Decidle que estoy lista – contestó, con la mirada perdida en los lindes de Taurënúva.

Sintió la puerta cerrarse tras ella una vez que el hombre se hubo marchado, y suspiró suavemente. Unas pocas leguas de viaje quedaban apenas, entre los árboles, ocultos de la luz del sol. Se puso nuevamente la capa, y salió del camarote sin mirar atrás.

La luz del sol hizo mella en sus ojos con cruel intensidad. Pudo ver que se encontraban en una curva del río, y en ambas orillas, playas pedregosas se extendían, ganándole terreno al bosque. Era el mejor sitio para desembarcar, y a Delissë le extrañaba que el enemigo no lo hubiera previsto.

El desembarco les llevaría varias horas. Provisiones y pertrechos eran cargados rápidamente en botes, que los llevaban hasta la orilla del río. No llevaban grandes armas de asalto, pues sabían que el desembarco de estas hubiera sido imposible. E imposible hubiera sido también guiarlas a través del bosque. Tampoco habían llevado animales de tiro. A excepción de los caballos que montaban los Capitanes de la Compañía, que no habían querido prescindir de sus cabalgaduras.

El sol comenzaba a ocultarse tras la línea lejana de Taurënúva cuando por fin estuvieron preparados para reemprender la marcha. Una marcha silenciosa, apenas rota por el sonido apagado de las pisadas entre las hojas del bosque. Mientras la oscuridad crecía, Delissë no dejaba de dar vueltas a una pregunta que volvía una y otra vez de forma insistente a su mente. ¿Cómo conseguirían superar las escarpadas laderas, y las enormes murallas de Tyelpëosto?

Cuando llegaron al claro en el que se alzaba majestuosa la ciudad, Delissë comprendió que no sería fácil hacerse con ella. Las escarpadas paredes parecían estar hechas de roca lisa en la distancia, y sobre ellas, imponentes murallas parecían elevarse hasta tocar el mismísimo cielo. Conscientes de que a esas alturas ya les habrían divisado en la lejanía, Delissë cabalgó a cielo abierto, explorando y calibrando las distintas posibilidades para la ascensión. Gritos de alarma resonaron en sus oídos mientras regresaba al linde del bosque, donde había dado orden de organizar el campamento. La noche cerrada cubría como un manto la ciudad, y ocultaba al enemigo en el bosque.

Permaneció despierta el resto de la noche, vigilando el cielo y el aire, y divisando la ciudad que mantenía sus luces apagadas, intentando ocultar su belleza al invasor. No serviría de nada, pensó. Tyelpëosto amanecería envuelta en llamas, consumida por su fuego destructor.

- Y ahora – dijo en un susurro – Se darán cuenta de que ya no es Venganza. Es Castigo.

Apenas quedaban unas horas para el amanecer, y una niebla espesa comenzó a envolver el claro y el bosque. Las altas murallas desaparecieron ante sus ojos, cubiertas por un velo gris. Delissë sonrió. Era el momento.

- ¿Ha llegado la hora? – preguntó Inglin, apareciendo tras ella como un fantasma. La voz de la Elfa era de hielo, y Delissë sabía que la embargaba la misma ira destructora.

- Sí. Que se preparen. Atacaremos al amanecer – contestó sin mirarla. Inglin asintió con la cabeza y se dio la vuelta para marcharse, pero Delissë se giró y la retuvo un instante - Que no me miren – añadió simplemente mirándola intensamente. E Inglin comprendió, sin tener que decir nada más.

El viento parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Un sonido lejano se percibió en la distancia, y parecía acercarse por momentos, incrementando su fuerza poco a poco. Después, un silencio de muerte.

Avanzaron lentamente por el llano, ocultos por la niebla y por el silencio. Como si la magia del Bosque del Silencio se hubiera adueñado del lugar de repente. Pero llegando casi a los pies de la pared de roca, una lluvia de flechas ardientes les sorprendió, dejando las primeras bajas.

Delissë iba a la cabeza, y avanzaba calmadamente, sin hacer el menor ruido, sin apresurarse, mientras murmuraba palabras incomprensibles. Los hombres a su alrededor escondían la mirada a su paso, mientras ella parecía no darse cuenta de lo que ocurría en torno a ella. Su vestido rojo ondeaba al viento, al compás de sus cabellos dorados, agitados por un viento misterioso que parecía no existir más que alrededor de la Maia. Mas pobre de aquél que hubiera osado siquiera enfrentar su mirada, pues el fuego hubiera consumido su alma para siempre.

Y cuando llegó al pie de la montaña, se detuvo y alzó su voz en un grito que hizo temblar las piedras, y llenó de temor al enemigo. Y levantando las manos, dijo con poderosa voz:

“Tú, que eres el bosque oscuro y tenebroso, árbol, hoja, musgo y raíces.

Tú, que eres el agua que corre en los ríos, arroyo de la montaña que canta la vida.

Tú, que eres el sol que calienta la piel; tú, qué eres la nube que riega la tormenta”

Y mientras repetía lentamente las palabras, su poder iba escapando poco a poco, para convertirse en bosque, agua, sol… Y de la roca viva nacieron miles de enredaderas, que fueron poco a poco trepando por la pared en busca de las altas cumbres ocultas por la niebla. Detrás de ella, los Capitanes de Nurn sonreían, pues sabían ahora qué era lo que la Maia había estado planeando todo aquel tiempo. Y ahora, un sabor amargo y dulce a la vez les inundaba. El sabor de la sangre.

A partir de ese momento, todo se sucedió rápidamente. Orcos y hombres, aferrados a las enredaderas, treparon por los muros y las murallas, mientras los incrédulos ojos de los soldados de la Alianza apenas podían reaccionar ante lo que veían. Intentaron cortar las ramas que se aferraban a las piedras, pero por cada una que cortaban, cientos de ellas volvían a aparecer en su lugar. Los primeros hombres aparecieron tras las murallas, y ya no pudieron hacer nada.

Afanándose sobre una de las ramas aferrada a una roca, el hombre intentaba por todos los medios arrancarla de la pared de la muralla cortándola con un hacha. Sus rubios cabellos empapados en sudor caían sobre sus ojos, mientras su mirada se concentraba en el punto en el que la planta parecía más débil. Un reguero de sangre corrió por su túnica y bajo hasta su mano, y lo miró sorprendido. Se quedó un segundo inmóvil, y abrió la mano lentamente, dejando caer el hacha, que pareció planear un segundo hasta los pies de la muralla. Sin saber qué hacer, sin poder dejar de mirar su mano empapada en sangre, el hombre levantó el otro brazo, y se tocó la frente, sintiéndola húmeda. Un brillo de comprensión apareció en sus ojos, antes de caer de rodillas sabiéndose muerto.

Tras él, un joven miraba al hombre caído. Lejos, en el Norte, se hallaban las tierras de donde provenía el joven de cabellos oscuros y ojos negros como el carbón. Recordaba una batalla lejana, donde las llanuras se estremecen antes de llegar a las montañas. Nanda Girith, dónde tantos habían muerto. Donde su padre, gran capitán de la Segunda Compañía de Nurn, había perecido acuchillado cientos de veces. “Todavía eres un niño”, le había dicho su padre antes de partir, ante la insistencia de él a incorporarse al ejército, “tendrás tiempo de participar en las más grandes batallas, de engrandecer a Nurn con la sangre del enemigo derramada. Pero no todavía.”

Él había llorado y suplicado. Y su padre, acariciando sus cabellos, sonrió. “Cuando vuelva, hablaremos de nuevo de todo esto”. Y se marchó. Nunca cumplió su promesa. Aquellos que ahora se resguardaban tras gruesos muros, aquellos que luchaban ahora por defender su ciudad de la devastación, lo habían impedido.

Ahora miraba el cuerpo inerte de aquél que había caído sin saberlo, con la cabeza abierta y el yelmo roto. Un fuerte golpe había quebrado toda ilusión y todo esfuerzo, y la vida se había escapado de él corriendo alegremente como un río desciende la montaña. Se acercó hasta el hombre, y con un golpe certero, le cortó la cabeza, y la dejó caer tras la muralla. “Esto es en tu honor, Padre”.

El mediodía desvaneció los últimos jirones de niebla, y descubrió a los pies de las murallas de Tyelpëosto miles de cabezas horriblemente desfiguradas, surgiendo como horribles flores rojas entre las rocas y las plantas. Apostados en las murallas, figuras descabezadas vertían sangre, tiñendo las murallas de rojo.

Confiados casi por completo en una ciudad que consideraban inexpugnable, las defensas se rompieron rápidamente. Arrasados como hojas arrastradas por el viento, los soldados de la Alianza pronto conocieron el salvaje furor de las hordas de Nurn. Y tras ellos, el poder sobrenatural que la Maia, si cabe más salvaje todavía.

Delissë observó las calles destrozadas, y respiró fuerte aspirando el olor de la sangre y la muerte. El Castigo había llegado. Su poder de fuego se derramó y asoló las calles, incendiando todo a su paso. Figuras de Altos Reyes de Eithel-Glîn yacían en el suelo, rotas en mil pedazos. Tyelpëosto ardía. Sus oídos se llenaron de gritos de terror. A lo lejos, el llanto de un bebé se alzó estridente por sobre cualquier otro sonido, y el silencio repentino que le siguió fue la única evidencia de su cruel final. Gemidos y súplicas no tenían sentido para aquellos que dispensaban la Muerte.

Muchos lograron salvarse, pues la Alianza escondía túneles secretos de evacuación. No importaba. El Castigo había sido cumplido. Cuando todo acabó, Tyelpëosto se había convertido en un enorme cementerio esculpido en roca.

Helërauko, con las ropas tintas en sangre, se acercó hasta ella.

- Todo ha concluido – dijo, mientras ambos miraban por encima de los muros la devastación de la ciudad – Apenas hemos sufrido bajas, pero Faeryôl ha caído atravesado por muchas flechas. No sabemos si sobrevivirá… ni sabemos como atender a uno de su especie.

- Dadle sangre viva – sentenció ella – Los desdichados moribundos de Eithel-Glîn servirán para hacer revivir al vampiro de Nurn.

Helërauko asintió, y se dio la vuelta para marcharse. Luego pareció dudar.

- Te miré – afirmó por fin, algo confuso.

Ella se dio la vuelta y lo miró sonriendo, pero no dijo nada. Paseó su mirada por última vez sobre la ciudad en llamas, y siguió al hombre.




1 comentario:

Mornatur Ormacil dijo...

Te saludo, Amh Shere. Y te invito a mi propio Oasis:

http://mornatur.wordpress.com